miércoles, 31 de agosto de 2011

1939




Cuando llegó a Guernica  el ángel de la muerte.
Cuando los molinos atardecían temprano
a los hijos, las sombras y las mujeres.

Cuando los árboles adolecían de malicia
y servían de oratorio a los pájaros.

Cuando en los cementerios,
los muertos jugaban
con el evangelio de la noche.

Cuando los poetas predicaban
los jueves, en las afueras de las ciudades,
el cansar de las palabras.

El mundo entonces era ya un moribundo.
Ya era el golpe callado
en los enfermos, antes de morir.

Ya era un cementerio la palabra.
Un anochecer salvaje.
Un genocidio envejecido.

La entraña muda.
Desesperación en los pechos temblorosos,

y el bolsillo roto.

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