Cuando llegó a Guernica el ángel de la muerte.
Cuando los molinos atardecían
temprano
a los hijos, las sombras y las
mujeres.
Cuando los árboles adolecían de
malicia
y servían de oratorio a los
pájaros.
Cuando en los cementerios,
los muertos jugaban
con el evangelio de la noche.
Cuando los poetas predicaban
los jueves, en las afueras de
las ciudades,
el cansar de las palabras.
El mundo entonces era ya un
moribundo.
Ya era el golpe callado
en los enfermos, antes de
morir.
Ya era un cementerio la palabra.
Un anochecer salvaje.
Un genocidio envejecido.
La entraña muda.
Desesperación en los pechos
temblorosos,
y el bolsillo roto.
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